Los peledeístas nunca han querido a Guillermo Moreno, si quisiera
cuando fue fiscal del Distrito Nacional en el primer gobierno de Leonel
Fernández, cargo del que fue destituido apenas un año después de su
nombramiento. Entonces, como ahora, Guillermo Moreno les resultaba
incómodo.
Sugerido para la posición fiscal por Mariano Germán Mejía, estuvo muy
cerca de no ocuparla porque el recién estrenado presidente la había
comprometido, según le dijo al sugerente, con Ramón Andrés Blanco
Fernández, miembro del Comité Central del Partido de la Liberación
Dominicana. Pero Germán Mejía insistió con Fernández hasta persuadirlo
de las bondades de tener en el cargo al joven abogado.
Como se dice en el lenguaje coloquial, Moreno “entró por la goma” a
la fiscalía, y en el acto de su juramentación puso, sin saberlo, la
primera piedra en su propio camino cuando declaró: “Todos tenemos
que sentirnos sometidos a la ley, ante la autoridad de la ley no debe
haber posición económica, social o política”. Poco después le
haría la misma advertencia a la policía, con la que fue un poco más
lejos: le requirió presentar junto con el expediente los cuerpos del
delito, hasta entonces frecuentemente usufructuados por los jerarcas de
la institución.
Mas sus verdaderos problemas con los peledeístas comenzaron el 21 de
octubre de octubre de 1996. Ese día, sin parar mientes en que Fernández
había llegado al poder de la mano de Joaquín Balaguer, Moreno calificó
de “mancha en la conciencia nacional la desaparición de Narciso González
en mayo de 1994. A partir de ese momento comenzaron las intimidaciones
camufladas en “consejos”. Tantos fueron los intentos de entorpecer la
investigación que el 26 de noviembre de ese año hizo una denuncia
pública: “Esos sectores tienen coro que le crean una pantalla, para
disfrazar o atemorizar, y si ese es el objetivo que buscan con ese tipo
de mecanismos que se está planteando para esta fiscalía, se equivocaron
de objetivo”.
Protector de Juan Bautista Rojas Tabar, jefe de la Fuerza Aérea
cuando la desaparición de González y señalado por el rumor público como
implicado en el caso, Vincho Castillo se tomó para él lo dicho por
Moreno. Y desde su programa en la televisora del Estado comenzó una
campaña de maledicencia contra el fiscal.
Después vendría la investigación del asesinato de Orlando Martínez.
Junto al juez de Instrucción Juan Miguel Castillo Pantaleón, Moreno
desempolvó el expediente y abrió la caja de Pandora. Demasiado en tan
poco tiempo para un oficialismo que apenas había terminado de bajar el
brazo alzado que consagró el Frente Patriótico.
En abril de 1997 dio otro paso que molestó, dicen, incluso al
presidente Fernández: la reapertura del expediente del exbanquero Leonel
Almonte, en la carpeta de la fiscalía desde muchos años atrás. El 7 de
julio, Moreno dictó orden de prisión contra Almonte y lo detuvo. Una
llamada del procurador Abel Rodríguez del Orbe conminó a los ayudantes
fiscales a poner en inmediata libertad al detenido. Blanco Fernández
iría personalmente, en su calidad de abogado, a recibir al exbanquero.
El interés del procurador y del abogado en el caso era claro: Almonte
había sido un contribuyente importante de la campaña de Fernández, como
se lo recordara a Pablo Yermenos Forastieri, en un artículo de respuesta
publicado en El Nacional del 5 de agosto, el propio Blanco Fernández: “Parte
de ese aporte para que el señor Yermenos disfrute de un puesto en la
administración pública, que en puridad de verdad no se ha ganado, se
debe a las aportaciones que aquel supuesto estafador aportó, en
diferentes ocasiones, a la organización que detenta el poder del Estado
(…)”. Moreno no se arredró.
El escandaloso fraude a la Lotería en que el estaban involucrados
Teté Antún Batlle, hermano de Federico Antún Batlle y cuyo padre,
Federico Antún Abud, había sido administrador de la entidad; Pedro Julio
Goico Guerrero (Pepe Goico) y el haitiano Frederick Marzouka, vendría a
sumarse a la larga lista de "desaciertos" políticos del fiscal.
El fraude, consistente en trampear los números del sorteo mediante un
mecanismo electrónico, fue revelado por Francisco Javier García,
administrador de la entidad, a su partido y al presidente Fernández en
procura de pautas sobre qué hacer dado el ingrediente político
representado por Antún Batlle. Con la anuencia de ambas instancias,
García actuó en consecuencia e hizo la denuncia ante la fiscalía.
Tras una minuciosa investigación, Moreno interrogó a Antún Batlle y
lo dejó detenido comenzando la madrugada del 12 de septiembre. Se supo
entonces que el presidente Fernández lo llamó por teléfono para
recriminarlo por su actuación. A resultas de la conversación, el fiscal
accedió a permitir que el detenido fuera a dormir a su casa y se
presentara en la mañana a su despacho. Quizá prevalido en sus vínculos
vicarios con el poder, Antún Batlle acudió a la cita… y Moreno dictó
orden de prisión.
La ocasión para salir de este fiscal "díscolo" se le presentó a
Fernández cuando Moreno, haciéndose eco de denuncias públicas sobre las
torturas a los detenidos aplicadas personalmente por el presidente de
la Dirección Nacional de Control de Drogas, Juan Rafael Folch Hubieral,
retiró de la entidad a parte de sus ayudantes. El escándalo fue
mayúsculo y terminó con la destitución del militar pero también con la
suya: el 20 de septiembre, Moreno fue destituido del cargo, medida que
provocó una ola de indignación pública. Preguntado sobre esta reacción,
Fernández se limitó a decir “Yo hablo por decreto”.
Que los diputados peledeístas pidan ahora que se investigue su
silencio –que no sus actuaciones— cuando era ayudante de fiscal en el
último gobierno de Joaquín Balaguer no solo represalia la denuncia de
Moreno ante la Procuraduría General de supuestos actos de corrupción
cometidos por Fernández, sino que es también fruto de esta antigua
malquerencia.
Por Mergarita Cordero

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