El envejecimiento que muestra el nuevo gobierno en apenas 92 días de
instalado es obvio. La continuidad de las políticas económicas, la
aprobación del noveno paquete impositivo y la propuesta presupuestaria,
así lo demuestran. Además, constituyen una garantía para la estrategia
de acumulación del nuevo grupo en el poder.
En esta situación, el presidente Danilo Medina enfrenta la disyuntiva
de decidir entre su aparente condición de prisionero político del grupo
que controla al Estado y distanciarse de este grupo, apoyándose en las
bases de su partido y en los reclamos de la sociedad, en momentos en que
todo apunta a la profundización del conflicto social.
A las puertas del vencimiento de los cien días de gracia que,
formalmente, se otorga a todo nuevo gobierno, Medina luce atrapado entre
sus promesas de campaña y la resistencia enérgica de una dirección
política comprometida con el propósito de gobierno del expresidente
Leonel Fernández.
Así las cosas, toma cuerpo la percepción de que las promesas de
campaña del presidente están perdiendo la batalla frente a los
compromisos con Fernández y su grupo, a tal punto que ha optado por la
mudez desde el punto de vista de la conducción política y la orientación
de la nación.
Un testimonio reciente de lo antes dicho, es el hecho sin precedentes
del discurso pronunciado por Fernández para “explicar” el déficit
fiscal de 187,000 millones de pesos que el propio Medina y su equipo
económico sitúan en el origen de la controvertida reforma tributaria
promulgada el pasado 11 de noviembre.
Contestado como lleno de imprecisiones y comprobables falsedades por
organizaciones empresariales, economistas, políticos y analistas
diversos, valdría preguntarse sobre la opinión del propio Medina
respecto a lo dicho por Fernández. En el caso de que lo confirmara,
reafirmaría la percepción de su condición de prisionero; negarlo,
sacaría a flote las contradicciones entre ambos sobre las que también se
conjetura, aunque cada vez menos. Mientras, en el país se desarrolla un
proceso creciente de desobediencia civil que involucra principalmente a
los jóvenes de clase media.
No hay que olvidar que durante la campaña Danilo Medina planteó como
línea política de su entonces eventual gobierno “corregir lo que está
mal”, “continuar lo que está bien” y “hacer lo que nunca se hizo”. A
poco tiempo de iniciado el gobierno, no corrige nada y lo que dice que
continuará no se distancia de las políticas adoptadas por el gobierno
anterior, mientras aún no pone en evidencia lo que estaba mal. En la
primera parte de la campaña, Fernández lo obligó a olvidarse de la
primera parte de su consigna, a hacer silencio sobre la segunda y a
quedarse en la mera promesa de la tercera.
En resumidas cuentas, crece la sensación de que el país sigue siendo
dirigido por Fernández, colocado a la cabeza del principal grupo del
poder, con el control de las instituciones y un presidente políticamente
tributario.
Por tanto, razonan los analistas, si Medina quiere desarrollar su
propio proyecto, debe romper con ese grupo planteando una recomposición
política, no solo del Estado sino del propio partido de gobierno. Hasta
dónde está dispuesto a hacerlo es la gran incógnita.

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